Opinión

Publicado el julio 5th, 2020 | Por Luis García Montero

A veces es difícil despedirse de un amigo

La muerte poco a poco recupera su normalidad. La recupera incluso antes que la vida. Escribo este artículo en una sala de espera del aeropuerto de Múnich, rodeado por mujeres y hombres con mascarilla y por pasillos cargados de máquinas desinfectantes. Acabo de leer las noticias que llegan de China, Estados Unidos y Brasil. Me siento orgulloso de Europa y España, comprometido con un modelo de vida que ha intentado no caer en las garras depredadoras de la economía sin escrúpulos, el silencio o la mentira. Lo que queda por luchar no me impide reconocer lo conseguido. Necesito decirle a un amigo que voy a esforzarme en conservar algunas ilusiones.

Las muertes individuales han estado envueltas por el sufrimiento colectivo durante la pandemia. Si no te disparaban demasiado cerca, el fallecimiento de las personas se sumergía en un dolor general, una angustia por comprender lo que nos estaba pasando. Daba casi vergüenza asumir un sentimiento inevitable: también las tragedias sociales se viven en primera persona. El drama íntimo comulgaba en el coro de las cifras y se diluía bajo la liturgia de la palabra Todo. Ahora la muerte recupera su normalidad, su dolor íntimo. En esta rara vida veraniega de brazos desnudos y rostros tapados, vuelvo a pensar en la muerte como un acontecimiento solitario. Me resulta difícil despedirme del poeta Joaquín Marco.

 Quizá mezclo las cosas porque en 1994 tuve la suerte de publicar una antología de sus poemas titulada El virus de la memoria. Tal vez por eso el duelo me aleja ahora de la actualidad ruidosa de la epidemia para llevarme al pudor tradicional de los muertos. Muertos de siempre y para siempre, que no habitan en las noticias, sino en el recuerdo. Joaquín vivió la poesía como un esfuerzo por descubrir el significado de nuestro presente. No me extraña que hasta su adiós me haga buscar matices en el hoy. Mi amigo tuvo una vida de dignidad laboriosa. Las horas de conversación y de lectura permitían descubrir la decencia discreta con la que llevaba sus logros y sus decepciones.

Niño de la guerra y del Raval, se acostumbró a sobrevivir, a mirar los días con una paciencia de resistente. Ingresó en un Partido Comunista que aglutinaba los esfuerzos obreros e intelectuales de la lucha contra la dictadura. Conoció los muros de la cárcel de Carabanchel que a la larga le hicieron menos daño que el muro de Berlín. En un tiempo sintió o soñó que era posible vivir una fiesta en la calle, pero acabó observando algunos crímenes que entraron en su poesía mezclados con la nostalgia y los deseos de renovación. Nostalgia por las esperanzas rotas, nostalgia urbana por la ciudad de Barcelona, sin duda uno de sus grandes amores.

 La literatura fue otro gran amor. Lo vivió como poeta, catedrático de Universidad y otras muchas cosas. Siempre me sorprendió que, con la vida resuelta por un sueldo asegurado, nadara en el mundo laborioso de los encargos. Me gustaba compararlo con escritores decimonónicos como Bécquer o Galdós, que debieron ganarse la vida con una incesante búsqueda de ingresos en los periódicos o las editoriales. Joaquín forma parte de la literatura contemporánea no sólo por sus libros de poemas, sino también por sus otros trabajos en los que la necesidad se aliaba con la pasión literaria y la voluntad de superar los retos de la existencia. Al fin y al cabo el estudio, los libros, los exámenes, el doctorado y las oposiciones le ofreció en primer lugar la búsqueda de otro tipo de vida.

Trabajó sin descanso. Escribió reseñas de libros en La VanguardiaABCEl Cultural del Mundo y La Razón. Colaboró como lector o director de colecciones en editoriales como Destino, Seix-Barral y Salvat. Puso en marcha los libros de poesía de Ocnos para abrir caminos en su tiempo. Uno de los más importantes fue su manera de saludar la llegada de los bárbaros, su apuesta, como reseñista y catedrático, para llamar la atención sobre la literatura latinoamericana que iba a imponerse como nuevo horizonte desde finales de los años 60.

 En 2010 recogió su obra lírica con el título de Poesía secreta. Fue una manera de decirnos y decirse muchas cosas con pudor e ironía. Cosas de las que le oí hablar en Barcelona rodeado por gente que lo quería como Anna Caballé, Joan Margarit, Jordi Gracia y Jordi Amat. Recuerdos para siempre de restaurantes populares de Barcelona en los que la comida, asaltada con gusto, era menos importante que la conversación.

Adiós, Joaquín, me llaman para embarcar. Poco a poco, nos vamos embarcando todos.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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