Opinión

Publicado el agosto 13th, 2020 | Por Luis García Montero

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El sentido del ridículo

Este artículo no habla sobre la playa, sino sobre las cosas que le debo a la poesía. La verdad es que en verano un lector tiene derecho a pensar que el sentido del ridículo puede relacionarse con los espectáculos corporales que damos en la playa. Acostumbrados a pensarnos como no somos, el estar sin ropa tiene sus peligros porque los desnudos sostienen muy mal las mentiras. Y este año es mucho peor. No deja de tener gracia que la mascarilla nos lleve tapados en medio del destape. Benditos sean los desnudos, las imaginaciones y las playas.

Si me acuerdo del sentido del ridículo es porque quiero aprovechar esta breve meditación agosteña para agradecerle a la poesía que haya conformado mi manera de estar solo y de buscar compañía. Como lector de Bécquer y Galdós, descubrí hace tiempo que uno de los requisitos fundamentales para un artista es el sentido del ridículo. De hecho estoy convencido de que un factor imprescindible, junto a la educación, del progreso de las artes es el bendito sentido del ridículo. Cuando una convención o un estilo dejan de ser creíbles, cuando una costumbre estética se queda fuera de lugar o de tiempo, el artista se siente ridículo y necesita cambiar de rumbo para darle respuestas a su época.

 Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice y se afirma en público porque la solemnidad resulta con frecuencia ridícula cuando deja de ser creíble. En las novelas de Galdós, es frecuente asistir al ridículo del poeta que en medio de un salón lleno de negociantes decimonónicos se levanta de la silla y recita en voz alta una composición llena de pastorcillos, sentimientos de honor medieval y palabras decorativas tan repetidas que ya que suenan a falso. Aunque aplaudan sus tertulianos, se trata del cascabeleo de una farsa. A Galdós le gustaba la poesía, como le gustaba la realidad y la política, y por eso denunció el ridículo de una palabrería ajena a su presente.

Galdós entendió muy bien la poesía de Bécquer. Su elaborada sencillez, su capacidad de síntesis, respondía a una época marcada por la velocidad que había dejado caducas las largas leyendas románticas y las altisonancias retóricas de dolor. Bécquer escribió con un intimismo herido porque quiso ser leal a la poesía y comprendió que sus versos eran incompatibles con la mentira. Conciencia, verdad y palabra son las claves de la poesía. Hay que mirarse a los ojos.

 También me resultó interesante y aclarador el ensayo de Sartre sobre Baudelaire. El filósofo leyó al poeta como un creador que no sólo miraba, sino que vigilaba su mirada, es decir, que necesitaba ser consciente no sólo de lo que veía, sino del lugar que ocupaba al mirar. Baudelaire escribía para verse a sí mismo mientras miraba. Esta forma de verdad o respeto íntimo es la viga que sostiene el respeto a los demás. El sentido del ridículo es pudor propio, pero también pudor social. Si uno se dedica a mentir, a traicionarse, a degradar su honestidad, a acatar convenciones y palabras huecas, acaba asumiendo que la sociedad puede basarse en la mentira, la traición, la deshonestidad, las convenciones hipócritas y los discursos tan altisonantes como barriobajeros. La poesía sabe visitar los suburbios, cuenta con la compañía de la musa del arroyo, pero no puede permitirse ciertas formas barriobajeras de cancelar la realidad.

El sentido del ridículo es una gran ayuda para escribir poesía. No sé si para otras cosas y otras escrituras sin duda mucho más importantes socialmente que la poesía. Esto es lo que sentí ayer al bajar a la playa y ver a tanta, tanta gente desnuda.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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