Opinión

Publicado el junio 1st, 2020 | Por Luis García Montero

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La necesaria dignidad de la política

Para cualquier persona que trabaje por el bien común, por encima de intereses mezquinos o consignas ideológicas, la dignidad de la política supone un valor imprescindible. Cuando digo “por encima de valores ideológicos”, no pretendo dudar de las ideas, principios, credos y lealtades, sino poner estos impulsos al servicio de la realidad y del bienestar de la ciudadanía. Más que en arrebatos místicos, puritanos o hímnicos, la dignidad de la política se asienta en una clara conciencia del Estado.

Los que no creen en los espacios públicos y en los marcos de convivencia, salen siempre ganando con el descrédito de la política. Poner en marcha los estribillos “todos son iguales”, “no están a la altura”, “sólo piensan en ellos mismos”, sirve para restarle autoridad al Estado a la hora de tomar medidas en favor del bien común. Por eso la crispación política, la desmesura, los insultos, no sólo dan miedo cuando pretenden crear condiciones extremas que justifiquen un golpe de Estado. También son un peligro como estrategias normalizadas en la vida democrática. Ganan los que quieren tener las manos libres para hacer negocios desmedidos frente a las políticas que procuran la dignidad de las mayorías.

Europa y España no están en peligro de sufrir un golpe de Estado por mucho que algunos ideólogos totalitarios quieran mover los bajos instintos de personas nostálgicas de los diversos fascismos. Las condiciones objetivas no dan para eso. Pero Europa y España sí pueden verse empujadas a olvidar la única lección importante que nos ha dado la pandemia: la necesaria consolidación democrática del Estado, su autoridad para promover medidas que cuiden la salud, la vida y el bienestar de la ciudadanía. Esta lección pone en duda la falsa idea de libertad usada por un neoliberalismo que confundió la democracia con la ley del más fuerte. Se ha querido encerrar a la política en una insalubre residencia de ancianos.

Pensemos en el síntoma de la verdadera cuestión: las fuerzas reaccionarias y conservadoras se han lanzado estos días a defender la libertad, como si pudiese confundirse la obligación democrática de asegurar la vida de las personas con una represión dictatorial. No es que quieran una dictadura que nos devuelva a la caverna comercial europea; es que defienden una democracia sin Estado.

 Cuando nos crispamos todos a la vez, el pensamiento neoliberal no pierde mucho. El ridículo espantoso y vociferante de sus líderes facilita con este sacrificio de imágenes personales el deterioro general de la política, la borradura de la autoridad pública. Pero cuando las voces progresistas caen en la trampa, su error no sólo es personal, sino que afecta a la consolidación de sus ideales, pone en peligro sus principios, verdades, credos y lealtades íntimas. Resulta por eso imprescindible devolverle a la política su necesaria dignidad.

Es el momento de que la nación española recuerde que tiene muchos motivos para sentirse orgullosa, muy orgullosa de la Política. La aprobación del Ingreso Mínimo Vital es sin duda un magnífico ejemplo. Los viejos del lugar empezamos a defenderlo en la Huelga General del 14 de diciembre de 1988, una Renta Mínima de Inserción decíamos entonces. Fue un día inolvidable en el que hasta se apagó la televisión para que la gente mirase la realidad con sus propios ojos.

 Ha tardado, pero está aquí. Como tardó, pero llegó la democracia. Como llegaron la ley del divorcio, la ley de dependencia, la ley de matrimonios de personas del mismo sexo, las políticas de igualdad… y tantas otras cosas. Con Política Democrática, los españoles conseguimos vencer la barbarie terrorista de ETA, aunque se nos caigan los palos del sombrajo cuando recordamos las tentaciones en las que cayeron algunas autoridades del pasado. Y con Políticas Democráticas, hemos conseguido que muchos corruptos de todos los ámbitos hayan sido castigados, rompiendo la dinámica corrosiva de la impunidad.

¿Faltan cosas? Por supuesto. Pero los avances que merece el trabajo cotidiano de los españoles y las españolas, van llegando gracias a la política, y sólo con la política recuperaremos lo perdido, y alcanzaremos novedades, y conseguiremos afirmar de nuevo la sanidad y la educación pública, y una distribución fiscal justa para que los impuestos formen parte decisiva del patriotismo y el sentido de pertenencia.

Claro que podemos entrar en matices y errores. Pero que los matices no nos impidan sentir con orgullo la Política. Y con orgullo, ahora, debemos agradecerle todo lo que nos ha dado. Es un buen momento para movilizarse. Por desgracia en España no contamos con un pensamiento democrático conservador como el que representa Angela Merkel cuando rechaza de manera firme a la extrema derecha alemana. Pero la sociedad española sí puede afirmar con orgullo cívico el valor de nuestra vida y nuestra política democrática.

Solemos movilizarnos en artículos, manifiestos, reuniones, mítines, para pedir el voto y apoyar a algún partido cuando llegan unas elecciones. Creo que ahora conviene movilizarse socialmente en favor del orgullo político y de una tranquilidad social democrática. Porque no todos son iguales, porque no todos roban, porque no todos mienten, porque no todo es lo mismo, porque no podemos caer en la trampa de nuestros adversarios que quieren quitarle autoridad al Estado y al bien común por medio de la degradación de la política.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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