Opinión

Publicado el julio 4th, 2020 | Por Domingo Sanz

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Puigdemont está creando un nuevo partido político.

Se está escribiendo y hablando mucho, sobre todo en Catalunya, del nuevo partido que impulsa el presidente exiliado de la Generalitat, pero las especulaciones iniciales se centran en las presencias y ausencias en la lista de los promotores y otros asuntos con nombres y apellidos. Pero aquí lo haremos sobre argumentos de más largo recorrido.

Con su decisión, Puigdemont se está reivindicando como líder principal de la gran movilización por la república catalana que significó el 1 de octubre de 2017, por si alguien lo hubiera olvidado. Anuncia su regreso a Catalunya en un momento de división del independentismo en distintos planos, presentando el aval de sus victorias en Europa, donde ha conseguido no ser entregado al juez Llarena y además un acta de eurodiputado en activo, una posición a la que quizás tenga que renunciar a cambio de asumir un nuevo riesgo, detalle que será valorado por muchos catalanes, tan emprendedores.

Por otra parte, el hecho de que el impulsor del nuevo partido sea un exiliado independentista, y precisamente él, obligará al Gobierno a contemplar cómo se aprueba su inscripción en el registro correspondiente, y muchos líderes españolistas tendrán que mirar hacia otro lado para no ser políticamente odiosos, dado que su acción está dentro de la ley porque en esta clase de trámites los decretos y las maniobras desde las cloacas tienen poco margen para degradar la democracia. Habrá que estar a la espera de lo que se inventan los del PP, Vox y Ciudadanos para impedir que el nuevo partido, más independentista que ningún otro por la condición de su líder, pueda acudir a la campaña electoral. Las transiciones españolas, siempre tan frustrantes y cargadas de abusos autoritarios, es difícil no recordar en este momento que, para las primeras elecciones tras la muerte de Franco, las de 1977, ERC tuvo que llamarse EC-FED porque la “R” de “Republicana” fue suficiente para que retrasaran su inscripción en el mismo registro de partidos políticos. También se lo negaron, por lo mismo, a otros republicanos españoles, pero no catalanes.

¿Podemos dudar de que el responsable de aquella maniobra antidemocrática fuera el mismo Suárez que nos birló el referéndum sobre la forma de Estado porque sus encuestas le decían que salía república?

Puigdemont también conseguirá capitalizar a su favor el mayor odio, si cabe, que recibirá desde un españolismo de amplio espectro, pero en horas muy bajas, pues está liderado por un Felipe VI que bastante tiene con salir huyendo de La Zarzuela para no soportar un ambiente irrespirable. Prefiere reabrir la frontera con Portugal entre gritos a favor de la República desde la orilla extremeña, aunque las portadas del régimen los hayan ignorado. Por tanto, lo lógico es que se produzca un vacío argumental en los mensajes electorales de los partidos “españoles” y la abstención termine proliferando entre sus votantes catalanes, pues cada vez se oye menos gritar “¡¡Viva el Rey!!” a los Casado y Abascal, que han sido incapaces de sacar a sus huestes a vitorear al marido de Leticia en las ciudades por las que han decidido inaugurar su mediocre normalidad. En este contexto, solo algo que no ocurrirá, como sería el anuncio por parte del propio Felipe VI de su abdicación a fecha fija, podría reactivar a ese electorado en Catalunya y confundir al independentismo lo suficiente como para que su victoria no lo sea esta vez por encima del 50% de los votos. Algo que, en mi opinión, está garantizado con el partido de Puigdemont y, si no, vamos a ver que dicen las primeras encuestas.

Como sucedáneo de una abdicación inimaginable, pero no imposible, podría ocurrir que algunos del PSOE, de repente, comenzaran a hablar de república. Lo acaba de hacer Sandra Gómez, secretaria general del PSOE en Valencia y vicealcaldesa de la capital, un día antes de recibir a los reyes en esa etapa de su “escapada”. Sandra ha recibido apoyos de algunos relevantes del PSOE, y me extrañaría que a Iceta no se le escapara de la boca alguna “república” antes de las elecciones catalanas. Todo para retener votos que podrían estar emigrando hacia una ERC más “socialista” que nunca, por sus tensiones con Torra y su dependencia de una Mesa de Diálogo de la que no se levantó ni acta, antes de la pandemia, y que no tiene pinta de repetirse antes de las elecciones, salvo que Rufián y Lastra pacten un nuevo teatro. A ver si despiertan los de las Juventudes Socialistas, a quienes hizo callar el propio Sánchez en el Congreso de su “restauración”. Claro, en 2017 podría ser acusado de catalán independentista todo aquel que pronunciara la palabra de la derrota bajo las bombas de nazis y fascistas.

Por cierto, que, como siga “muerto” en la nevera del Consejo de Ministros el ego perdedor de votos y diputados, Pablo Iglesias terminará llegando segundo, después de Sánchez, en la carrera por encontrar la salida del laberinto en la que ponga “comienza el final de la Monarquía española, tercer capítulo”.

Otro factor importante que ha impulsado a Puigdemont tiene nombre propio y se llama Oriol. En las dos únicas ocasiones en que se han enfrentado en las urnas, ambos liderando, la victoria siempre ha sido para el exiliado, que entre la primera y la segunda multiplicó por más de 20 veces, en el ámbito de Catalunya, la diferencia de votos entre sus respectivas candidaturas. Los escasos 12.372 votos de diferencia a favor de Puigdemont en las autonómicas de 2017 se convirtieron en 253.748 tras los recuentos de las mesas electorales solo catalanas de las europeas de 2019. Por tanto, es comprensible que Puigdemont quiera “regresar” a Catalunya, aunque sea por la puerta menos grande de una victoria prácticamente garantizada sobre su rival ausente, pero también compañero de proclamaciones de vigencia breve.

Por supuesto que a Puigdemont le gustaría es competir contra Junqueras en persona, o ir en coalición, ahora mismo inimaginable e imposible, pero para sus adentros debe pensar que tuvo happy wheels demo ya que aguantar bastante que le llamaran mil veces “cobarde”, y no solo desde todos los españolismos, por lo de exiliarse de “una de las mejores democracias del mundo”. Y el presidente, ganador en las próximas urnas, siempre podrá decir que será generoso con su vicepresidente encarcelado.

Pero con Sánchez en La Moncloa nada es descartable, y menos que nada cualquier estrategia que sirva para dividir al adversario con decisiones de alto riesgo. Una amnistía calculada, solo para los presos ya condenados y como premio a su confianza en la justicia por haberse entregado, podría colocar a Junqueras en la carrera electoral en Catalunya, aunque llegue muy deudor de esa España a la que “amó” delante de Marchena. Desde el punto de vista de Sánchez bien, porque sabe que se están hundiendo en el vacío discursos del odio como el que acaba de pronunciar Carrizosa contra el tercer grado a los “políticos presos”, que una vez lo dijo al revés, como debe ser, y ahora cada vez le tiemblan esas dos palabras.

Lo cierto es que, a Sánchez, igual que a Puigdemont, como buenos transitorios que son, pero también imprescindibles, ambos como Suárez, tampoco le importa capitalizar los odios decadentes de Casados y Abascales, consciente el socialista que todo el mundo sabe que lo suyo solo es otra manera de intentar que España no se rompa. La que en cada momento le convenga. Incluso con República. Y si no, al tiempo.

Precisamente por esto, y para manejar un conflicto Junqueras/Puigdemont que es el único argumento que le queda a Sánchez en Catalunya, las bondades de esa amnistía calculada no se quedarían en atrapar a Junqueras y ERC. Por ejemplo, el hacha de Marchena seguiría levantada contra las decenas de independentistas que siguen imputados en varias causas, y también contra los exiliados. Además, no será menor el problema que le quitaría Sánchez a un Tribunal Constitucional vigilado por Europa sobre cuándo, y de qué manera, resuelve los recursos en trámite, que quién sabe dónde vivirá Felipe VI en ese momento, por lo mucho que han tardado esos “magistrados” en resolver siempre que la del tiempo que destruye cualquier justicia es la sentencia que han dictado, véase la amnistía fiscal de Montoro.

Y, con esa clase de amnistía personalizada, también ganaría el españolismo la tranquilidad de desactivar los recursos ante los tribunales europeos.

Tratándose de España, siempre presente la justicia que nunca debería emplearse al servicio de la política autoritaria. Y siempre cobarde.

Por último, y de momento, también consigue Puigdemont con su apuesta confirmar que sí se celebrarán las próximas elecciones catalanas. Y cuando él diga. A fin de cuentas, demasiadas veces han llamado títere a Torra como para que él no se reserve el derecho a disolver cuando le convenga, aunque sea a través de persona interpuesta. Es la competencia reglada más decisiva de cualquier presidente.

Salvando las distancias que se quieran, todas las transiciones políticas comparten algunas maneras, y así como Suárez consiguió montar UCD en dos días para ganar las dos primeras elecciones sin Franco, capitalizando a su favor un cambio que era inevitable, Puigdemont conseguirá montar lo que haga falta para seguir siendo el presidente de un 1 de octubre que siempre será un hito hacia la república catalana, al margen de la fecha en que se proclame. En 1977 tampoco imaginaba nadie que cuatro años después habría un 23F para frustrar la ruptura que, aún con retraso, estaban convirtiendo en inevitable las intrigas del siempre delincuente y rey Juan Carlos I, que hasta 6 veces se reunió presencialmente con el golpista Armada en los veinte días anteriores al golpe de Tejero y Milans, según nos cuentan los que están leyendo al coronel Martínez Inglés. Cuando se abra la caja de los secretos de Estado, durante la Tercera República española, se descubrirá que fueron más veces, y también lo que se dijeron entre ellos.

Para los planes de Puigdemont, la diferencia principal con aquel pasado es que nada se parece menos, para el rey de España, a los primeros 33 meses transcurridos desde las 21:00 horas del 3 de octubre de 2017, que los primeros 33 meses que transcurrieron desde la madrugada del 24 de febrero de 1981, ambos momentos marcados por sendas apariciones en televisión.

Quién sabe si Felipe VI, bien “preparado” por los que gritaban que el referéndum catalán también había sido un golpe de Estado, exigió pantalla pensando que le saldría igual de bien la machada.

Hay que ser animal de bellota y rey borbón de España para comparar a criminales como Milans o Tejero que, solo por casualidad, no mataron a nadie aquella tarde noche, con pacifistas desde los pies hasta la cabeza como Puigdemont o Junqueras.

Gracias Europa, por protegerles lo bastante. Con ello has conseguido protegernos, aunque solo sea un poco, también a nosotros. De nosotros mismos.

Última hora: hablando de Europa, Omnium Cultural, una asociación hoy reivindicativa del derecho a decidir en Catalunya, donde nació, y ayer de la libertad en toda España durante los últimos años del franquismo, ha iniciado una acción legal ante la justicia de Suiza para que bloqueen el dinero que pueda figurar a nombre del presunto Juan Carlos I, y otra contra el mismo inviolable ante el Tribunal Supremo de España, para impedir que la “investigación” iniciada por la fiscalía, tan oportunista como poco creíble, no sea más que un truco del Gobierno de Sánchez e Iglesias para recuperar el control del litigio y evitar que los delitos salpiquen a Felipe VI, sobre quien cada vez menos gente duda que fue conocedor, cuando no cómplice, de los delitos de su padre.

Y qué tendrá que ver todo esto con Puigdemont, se preguntará usted. Soy de los que piensan que la inestabilidad que todo lo mueve durante las transiciones políticas hace innecesario recordar que existen las mariposas que dan nombre a su “efecto”.

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Acerca del Colaborador

Domingo Sanz

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.



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