Opinión

Publicado el abril 14th, 2021 | Por Luis García Montero

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Vamos a chupar unas…

Publicado por la editorial Espasa y el Instituto Cervantes, la lectura del libro Lo uno y lo diverso (2021) está llena de buen humor y anécdotas que provocan reacciones alegres, sorpresas que van de la sonrisa a la carcajada. Son muchas las anécdotas que provoca la variedad de significados que tienen palabras y expresiones en nuestro idioma. Las conversaciones y los viajes se llenan de momentos que divierten, sonrojan, asustan, regocijan, avergüenzan y enfadan con sus malentendidos.

La escritora Marta Sanz confiesa que se quedó con la boca abierta cuando unos estudiantes mexicanos la invitaron a salir por la noche: “Maestra, ¿quiere venirse hoy con nosotros a chupar unas pollas por ahí?”. Y los alumnos puertorriqueños del profesor argentino Luis Arocena abrieron también la boca al oír dos versos del gaucho Martín Fierro: “… todo bicho que se mueve / acaba en el asador”. Polla y bicho no significan siempre lo mismo en la geografía del español. Como sugiere Fernando Iwasaki, más que del huevo de Colón, habría que hablar de sus huevos. Y después él mismo se ríe de su huevada. En cualquier caso, como afirma Daniel Samper, “la lengua española se parece a un pulpo: diversos tentáculos por aquí y por allá, pero al fin un solo animal”.

Sentir como propia una lengua con casi 500 millones de hablantes nativos es una suerte humana, económica y política. También una forma interesante de reconocimiento intelectual. Conviene tomarse en serio las palabras, nuestras palabras. La primera necesidad de los que habitan un mundo complejo es reconocer las simplezas de la complejidad. Por desgracia esas simplezas están alentando reacciones obsesivas, racistas, nacionalistas, fanáticas, a las dinámicas propias de una inevitable realidad multicultural. Encerrarse en lo uno es trampa peligrosa en las inercias de globalización, desconocer lo diverso es aceptar una forma de servidumbre sostenida en una polarización superficial. Más allá de las bromas de contenido sexual o de las sorpresas de viajeros, la meditación sobre el español que propone Lo uno y lo diverso invita a una reflexión profunda sobre la identidad.

Nacemos en una lengua materna, las palabras nos hacen al relacionarnos con el mundo, fundan nuestro yo en un diálogo con los otros. La comunidad vive en nuestro corazón más íntimo. Cuando se dice frío, amor o miedo en español, se habla un idioma que no sólo lleva conviviendo muchos años con otros idiomas, sino que se ha hecho a sí mismo con ellos. Además, se extendió y consolidó su unidad gracias a que supo respetar sus matices y entendió la riqueza de su diversidad. Así lo estudió el filólogo (polaco, argentino, español y venezolano) Ángel Rosemblat en un divertido y riguroso ensayo, El castellano de España y el castellano de América. Unidad y diferenciación (1962), reeditado hace dos años por la Asociación de Academias de la Lengua Española.

 Quien se tome en serio la lengua materna como parte decisiva de su identidad, deberá comprender el ridículo peligroso que supone la defensa de una identidad cerrada y excluyente. Las palabras están vivas, pegadas a la piel de la existencia, y la vida y la existencia están en movimiento, se enredan con otras identidades y culturas. En el bosque de un idioma pasa el viento de la historia, se mueven las hojas y los rumores de un mestizaje inevitable, sobrevive como murmullo lo que desapareció, se abren las puertas a lo que llega y está por llegar a nuestras costas, a veces con el prestigio del poder mediático, a veces con la clandestinidad de una patera.

El idioma es raíz de cultura, pero las culturas son más amplias que los idiomas porque vivir es dialogar en todas las escalas y somos fruto del mestizaje. Bendita impureza. La multiculturalidad no puede solucionarse con la simplicidad de la barbarie, sino con la complejidad cultural que a lo largo de los siglos ha desembocado en el respeto al ser humano, a sus derechos, a su conciencia y su dignidad…., a sus palabras.

 Somos uno y somos diversos. La lengua acabará siempre por romper la costura de cualquier autoritarismo que pretenda confundir el progreso como una parcela de dominación.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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